ciencia / octubre 7, 2026 / 9 min de lectura / 👁 50 visitas

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La nueva Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (Secihti) propone un cambio de paradigma al integrar la ética y las letras en el desarrollo tecnológico. Analizamos su importancia para humanizar la inteligencia artificial.

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¿Qué hay detrás de un cambio de nombre? Más que un simple logo

A veces me pregunto si en los despachos oficiales se aburren de ver siempre el mismo membrete en las cartas. No es broma. Si te fijas, cada pocos años, lo que antes era el «Ministerio de X» pasa a ser la «Secretaría de X, Y y Z». Podría parecer un capricho burocrático, de esos que nos obligan a cambiar los favoritos del navegador, pero la verdad es que suele esconder un cambio de filosofía. O al menos, eso es lo que intentan vendernos. El caso de la nueva Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (Secihti) es un ejemplo de manual de esta tendencia que busca meterlo todo en una misma coctelera para ver si, por fin, sale algo con sentido.

Vaya, que no es solo una cuestión de marketing institucional. El hecho de que hayan decidido meter las «Humanidades» justo ahí en medio, entre la ciencia pura y la tecnología, dice mucho del momento en el que estamos. Ya no nos vale con que un algoritmo sea rápido o que un cohete llegue a Marte; ahora nos pica la curiosidad (y un poco el miedo) por saber qué significa eso para nosotros como humanos. Y ojo, que esto no es algo que solo pase al otro lado del charco. Aquí en España, la pelea por integrar la ética en la Inteligencia Artificial o por no dejar las letras de lado en los planes de estudio es el pan de cada día.

La «H» de Humanidades: El invitado que nadie esperaba en la fiesta tecnológica

La verdad es que durante décadas hemos vivido en una especie de divorcio mal llevado. Por un lado, estaban los de ciencias, con sus batas blancas y sus ecuaciones que parecen jeroglíficos; por otro, los de letras, analizando textos y suspirando por la pérdida de valores. Pero, ¿qué pasa cuando te das cuenta de que para programar una IA que no sea racista necesitas a un sociólogo? Pues que te toca crear algo como la Secihti.

Incluir las humanidades en el núcleo de la política científica es un movimiento audaz. Si mal no recuerdo, hace unos años esto se veía como algo accesorio, casi como un adorno para que los informes quedaran más bonitos. Hoy, si no tienes a alguien pensando en las implicaciones éticas de la edición genética o en cómo la automatización va a destrozar (o transformar) el mercado laboral en ciudades como Madrid o Bilbao, estás yendo a ciegas. Es como intentar conducir un Tesla por una carretera de montaña sin frenos: mucha potencia, pero el tortazo está garantizado.

Para que nos entendamos: la ciencia nos dice cómo podemos hacer las cosas, pero las humanidades nos preguntan si debemos hacerlas. Y en un mundo donde la tecnología avanza a una velocidad que ni el café más cargado nos permite seguir, esa pausa para reflexionar es oro puro.

¿Por qué ahora y no hace veinte años?

  • El auge de la IA: No hay nada que dé más miedo que una máquina tomando decisiones sin supervisión humana.
  • La crisis climática: No basta con paneles solares; necesitamos entender por qué nos cuesta tanto cambiar de hábitos de consumo.
  • La desinformación: La tecnología nos dio las redes sociales, pero necesitamos la filosofía y la historia para no creernos cualquier bulo que nos llegue por WhatsApp.

El espejo español: ¿Cómo nos lo montamos aquí?

Si miramos lo que tenemos en casa, la situación es… digamos que «interesante». En España, el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades intenta hacer malabares con presupuestos que, seamos sinceros, a veces se quedan cortos para las ambiciones que tenemos. La estructura de la Secihti me recuerda un poco a esa intención de centralizar esfuerzos, aunque aquí solemos ser muy de compartimentos estancos. El CSIC hace un trabajo brutal, pero a veces la transferencia de ese conocimiento a la empresa de la esquina parece una misión imposible.

Me viene a la cabeza el caso de las startups tecnológicas en Valencia o Málaga. Están haciendo cosas increíbles con visión artificial o biotecnología, pero a menudo se encuentran con que la regulación va tres pasos por detrás. La lección que podemos sacar de modelos que integran ciencia y humanidades es que la regulación no debería ser un muro, sino una guía. Al final del día, lo que queremos es que la innovación sirva para vivir mejor, no para que cuatro señores en Silicon Valley se hagan más ricos mientras nosotros nos preguntamos por qué nuestro trabajo lo hace ahora un bot.

Un vistazo a los datos: 6062 publicaciones y una comunidad que escucha

Me ha llamado la atención el despliegue en redes sociales de esta nueva secretaría. Más de 6000 publicaciones en Instagram no es moco de pavo para una institución oficial. Normalmente, las cuentas de los ministerios son tan divertidas como leer las instrucciones de un microondas en sueco. Pero aquí parece que hay un esfuerzo por conectar. Y es que, si no comunicas lo que haces, para el público general es como si no existieras.

Imagínate que estás investigando una cura para la diabetes tipo 1 (un tema que, por cierto, está dando titulares esperanzadores últimamente en revistas como Nature). Si te quedas encerrado en el laboratorio y solo publicas en revistas que cuestan 40 euros el artículo, la gente no va a entender por qué se gastan sus impuestos en tus pipetas. La comunicación científica es el puente necesario. Y no hablo de poner cuatro fotos con filtros; hablo de explicar por qué la ciencia básica es la madre de todos los inventos que usamos hoy.

Fragmento de código: ¿Cómo «humanizamos» un algoritmo simple?

Para mis amigos programadores que leen el blog, vamos a ver un ejemplo tonto pero ilustrativo. Imagina un sistema de selección de personal básico. Si solo usamos «ciencia» (datos puros), podríamos acabar con algo así:


# El enfoque "frío"
def seleccionar_candidato(datos):
    # Solo nos importa la productividad máxima
    return sorted(datos, key=lambda x: x['horas_extra'], reverse=True)[0]

# El enfoque "Secihti" (con un toque de humanidades)
def seleccionar_candidato_humano(datos):
    for candidato in datos:
        # Evaluamos no solo el código, sino el impacto en el equipo
        puntuacion_etica = evaluar_empatia(candidato['entrevista'])
        if puntuacion_etica > 8 and candidato['habilidades_tech']:
            return candidato
    return "Seguimos buscando a alguien que no sea un robot emocional"

Vale, el código es una caricatura, pero capta la idea. La tecnología por la tecnología es eficiente, pero a menudo es cruel o injusta. Meter la variable humana en la ecuación es lo que marca la diferencia entre una sociedad avanzada y una distopía de película de serie B.

La ciencia que viene: De la salud a las estrellas

Si echamos un ojo a lo que se está cociendo en los laboratorios más punteros del mundo (y que instituciones como la Secihti deben gestionar), hay temas que ponen los pelos de punta. La investigación espacial, por ejemplo. Ya no es solo poner un satélite para que el GPS no nos pierda cuando vamos a un pueblo perdido de la sierra. Ahora hablamos de minería en asteroides y de bases lunares.

Pero bajando a la tierra, lo que de verdad nos toca la fibra es la salud. Las noticias sobre avances en inmunoterapia o en el tratamiento de enfermedades raras son las que justifican cada céntimo invertido. En España tenemos investigadores de primer nivel que, a pesar de las dificultades, siguen al pie del cañón. Lo que nos falta, quizás, es esa estructura que no solo dé dinero, sino que facilite que el investigador no pierda el 80% de su tiempo rellenando formularios en una web que parece diseñada en 1995.

La verdad es que la burocracia es el gran enemigo de la innovación. Puedes tener la idea más brillante del mundo, pero si para pedir una subvención necesitas un máster en derecho administrativo, lo más probable es que acabes mandando el currículum a una empresa en Alemania. Y eso es una sangría de talento que no nos podemos permitir.

¿Es posible una ciencia «amable»?

A menudo pensamos en la ciencia como algo frío, distante, casi mecánico. Pero si te paras a hablar con un científico de verdad, de esos que se emocionan cuando ven un resultado inesperado en una placa de Petri, te das cuenta de que hay mucha pasión (uy, perdón, que esa palabra no me gusta… digamos que hay mucho «corazón») detrás. La Secihti parece querer recuperar esa narrativa. No se trata solo de producir patentes como quien fabrica tornillos, sino de generar conocimiento que nos haga mejores.

Ojo con esto: no es un camino fácil. Mezclar disciplinas tan distintas suele generar roces. Al ingeniero le desespera que el filósofo le ponga pegas a todo, y al filósofo le aterra que el ingeniero no piense en las consecuencias a largo plazo. Pero es precisamente en ese roce donde salta la chispa de la verdadera innovación. Es lo que pasó en el Renacimiento, y no nos fue tan mal, ¿no?

Algunos retos que tienen por delante:

  • La financiación real: Menos palabras bonitas y más presupuesto ejecutable.
  • La brecha digital: Que la tecnología no sea solo para los que pueden pagarse el último iPhone.
  • La soberanía tecnológica: No depender siempre de lo que se decida en otros países.

La conclusión que saco de todo esto…

Al final del día, que una secretaría o un ministerio cambie de nombre es lo de menos si las políticas de fondo no se mueven. Pero el gesto de incluir las humanidades y la innovación bajo el mismo paraguas que la ciencia es un paso en la dirección correcta. Nos recuerda que somos seres complejos, que no solo necesitamos vacunas y procesadores más rápidos, sino también entender quiénes somos y hacia dónde vamos.

Para que nos entendamos, la ciencia es el motor, la tecnología es la carrocería, pero las humanidades son el volante y el mapa. Sin ellas, podemos ir muy rápido, pero lo más probable es que acabemos en un barranco. Y la verdad es que, tal y como está el patio, lo último que necesitamos es más accidentes. Así que, bienvenida sea esta mezcla extraña pero necesaria. Veremos si con el tiempo se queda en una declaración de intenciones o si de verdad empezamos a ver una ciencia más humana, más cercana y, sobre todo, más útil para el ciudadano de a pie, ese que no entiende de algoritmos pero sí de llegar a fin de mes y de que su familia esté sana.

Y ahora, si me disculpáis, voy a por mi tercer café del día, que esto de analizar la estructura del estado me ha dejado las neuronas pidiendo un respiro. ¡Nos leemos en la próxima!

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unpokitodxfavor

Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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