Vaya, que a nadie le gusta perder una mañana entera entre papeles, sellos y funcionarios que parecen sacados de una novela de Kafka. Todos hemos pasado por eso. Por eso, cuando un gobierno anuncia que va a lanzar una aplicación «definitiva» para gestionarlo todo desde el sofá, a medio camino entre el escepticismo y la esperanza, nos descargamos la app. La última en sumarse a esta tendencia de querer ser el WeChat de Occidente es BAX, la apuesta de inteligencia artificial de la Ciudad de Buenos Aires. Y la verdad es que, viendo el panorama, el experimento nos sirve de espejo perfecto para lo que está pasando también aquí, en España, con la digitalización de la administración pública.
La idea sobre el papel suena de maravilla: una plataforma única, centralizada y, por supuesto, con el apellido de moda: Inteligencia Artificial. Pero, ¿qué hay realmente debajo del capó de una aplicación de 217.5 MB que promete simplificarnos la vida? Si echamos un vistazo a la App Store, nos encontramos con una realidad un tanto cruda. Una valoración de 1.0 sobre 5. Ojo, que sacar un uno pelado es casi más difícil que sacar un cinco; requiere un consenso casi unánime de frustración por parte de los usuarios.
Lo cierto es que este tipo de proyectos suelen nacer con una ambición técnica que choca frontalmente con la realidad burocrática. BAX se presenta como una «IA de la Ciudad», un asistente conversacional que debería, en teoría, entender qué quieres cuando le dices «tengo un bache en mi calle» o «necesito renovar el carnet». Sin embargo, la brecha entre el marketing político y la experiencia de usuario (UX) suele ser un abismo difícil de salvar con un par de actualizaciones de software.
¿Qué significa realmente que una app sea «multimodal»?
En las notas de la versión 1.3.0 de BAX, se menciona con orgullo que han optimizado el chat y el asistente de voz para que ahora puedas compartir tu ubicación, adjuntar archivos y sacar fotos al instante. En el mundillo de la tecnología, a esto lo llamamos capacidad multimodal. No es solo texto; es la capacidad de la IA para procesar diferentes tipos de entrada de datos.
Para que nos entendamos: si tú vas por la calle y ves una farola rota, lo más natural no es escribir un informe de tres párrafos. Lo natural es sacar una foto, mandarla y que el sistema sepa, gracias al GPS, dónde estás y, gracias a la visión artificial, qué es lo que está fallando. Si mal no recuerdo, este es el «santo grial» de la gestión urbana inteligente. Pero claro, implementar esto de forma que no se cuelgue el servidor cada vez que diez personas suben una foto de alta resolución es otro cantar.
Desde un punto de vista técnico, esto implica integrar modelos de lenguaje (LLMs) con APIs de geolocalización y sistemas de gestión de tickets (CRM) que ya existían en el ayuntamiento. Es como intentar ponerle un motor de Tesla a un Seat Panda de los años 80. El motor es potente, pero a ver cómo encajas las piezas para que el coche no se desmonte en la primera curva.
- Procesamiento de Imagen: La IA debe ser capaz de clasificar si la foto es un bache, una pintada o basura acumulada.
- Geofencing: Asegurarse de que el reporte cae dentro de la jurisdicción correcta.
- Seguridad de Datos: Aquí es donde entra la famosa «securización de los servicios de conversación multimodular» que mencionan en la versión 1.2.6. Básicamente, que tus fotos y tus datos no acaben donde no deben.
El drama de las reseñas: Cuando el usuario pierde la paciencia
Me detuve un buen rato leyendo los comentarios en la App Store. Hay uno de un tal Juanhelo23 que es demoledor. Dice que es la «peor app creada nunca jamás». Más allá del tinte político que suelen tener estas críticas en cualquier parte del mundo (y en España no nos libramos de eso cuando hablamos de la app de Salud o de la Agencia Tributaria), hay una verdad técnica subyacente: si una app de servicios públicos falla, la frustración es doble.
¿Por qué? Porque no es una opción. Si Instagram falla, te vas a TikTok. Si la app de tu ciudad falla, te toca volver a la ventanilla física o pelearte con una web que parece diseñada en 1998. La mediocridad en el software público no es solo un problema de código; es un problema de accesibilidad ciudadana. Una app de 217 MB es pesada. Para alguien con un iPhone de última generación y fibra óptica en casa, no es nada. Pero para un ciudadano con un teléfono de gama media y una conexión de datos limitada, descargar eso para que luego el chat no responda es, sencillamente, un insulto.
La verdad es que desarrollar para el sector público es un campo de minas. Tienes que cumplir con normativas de accesibilidad, protección de datos (la famosa RGPD aquí en Europa) y, además, lidiar con sistemas heredados que son auténticos dinosaurios informáticos. A veces, el desarrollador quiere hacer virguerías con IA, pero el servidor donde se guardan los datos de los ciudadanos solo acepta peticiones SOAP de hace quince años.
Hablemos de código: ¿Cómo se «securiza» una conversación con IA?
En la actualización 1.2.6, el equipo de BAX habla de la «securización de los servicios de conversación». Esto suena muy rimbombante, pero bajémoslo a la tierra. Cuando interactúas con una IA conversacional en una app gubernamental, no estás hablando con una persona, sino enviando paquetes de datos a un servidor que probablemente reenvía esa consulta a un modelo como GPT-4 o similar a través de una API.
El riesgo aquí es enorme. Imagina que le cuentas a la IA tus problemas con el pago de un impuesto y le das datos sensibles. Si esa conexión no está cifrada de extremo a extremo o si los logs del chat se guardan en texto plano, tenemos un problema de seguridad de manual. Un esquema básico de lo que deberían estar haciendo (o intentando hacer) sería algo así:
// Ejemplo hipotético de cómo se manejaría una petición segura
async function enviarConsultaIA(mensajeUsuario, tokenSesion) {
try {
const respuesta = await fetch('https://api.ciudad.gob/v1/bax/chat', {
method: 'POST',
headers: {
'Content-Type': 'application/json',
'Authorization': `Bearer ${tokenSesion}`, // Autenticación robusta
'X-Encryption-Key': 'hash-de-seguridad-local'
},
body: JSON.stringify({
prompt: mensajeUsuario,
contexto: "tramites_ciudadanos",
timestamp: Date.now()
})
});
if (!respuesta.ok) throw new Error('Error en la conexión con el servidor');
return await respuesta.json();
} catch (error) {
console.error("Ojo, que algo ha petado en la securización:", error);
// Aquí debería haber un fallback para no dejar al usuario colgado
}
}
El problema es que, a menudo, estas capas de seguridad añaden latencia. Y si la IA ya tarda tres o cuatro segundos en «pensar» la respuesta, y le sumas otros dos segundos de protocolos de seguridad, el usuario siente que la app se ha quedado congelada. De ahí vienen los comentarios de «pésima experiencia». La gente quiere inmediatez, pero el gobierno necesita (o debería necesitar) seguridad. Es un equilibrio muy difícil de conseguir.
La trampa del «Nuevo Logo» y la estética sobre la funcionalidad
Me hace mucha gracia ver que en la versión 1.3.0 se destaca la «actualización de la identidad visual» y el «nuevo logo». Es el clásico movimiento de manual cuando algo no funciona bien: «Vamos a ponerlo bonito a ver si así cuela». En España hemos visto esto mil veces. Se gastan miles de euros en un rebranding de una web oficial mientras que el formulario para pedir la ayuda al alquiler sigue dando error 404 la mitad de las veces.
La estética es importante, no lo niego. Una interfaz limpia ayuda a que la gente mayor, por ejemplo, no se pierda entre menús infinitos. Pero si el núcleo de la aplicación, que es la IA conversacional, no es capaz de resolver una duda simple sin mandarte a un enlace externo, el logo nuevo da exactamente igual. Es como pintar la fachada de una casa que tiene las tuberías podridas.
Para que una IA de ciudad sea útil de verdad, debería tener acceso profundo a las bases de datos municipales. Si le pregunto «¿Cuándo pasa el camión de la basura por mi puerta?», la IA no debería responderme con un «Consulte los horarios en nuestra web». Debería decirme: «En la calle Mayor, el camión pasa a las 23:15. Tienes 2 horas para bajar la bolsa». Eso es utilidad. Lo demás es un chatbot glorificado con un logo moderno.
Comparativa: ¿Cómo estamos en España respecto a estas «Super Apps»?
Si miramos lo que tenemos por aquí, la referencia absoluta ahora mismo es «Mi Carpeta Ciudadana». No es una IA, no tiene un chat que te cuenta chistes, pero funciona. Y funciona porque se centra en los datos: tus multas, tus títulos académicos, tu vida laboral. Es útil porque ahorra tiempo real.
Sin embargo, ya hay ayuntamientos en España que están empezando a juguetear con asistentes virtuales. El problema suele ser el mismo que con BAX: la fragmentación. Cada ciudad quiere su propia app, su propia IA y su propio sistema. Al final, el ciudadano acaba con el móvil lleno de aplicaciones que solo usa una vez al año. ¿No sería más lógico integrar estos servicios de IA en plataformas que ya usamos, como WhatsApp o Telegram? Algunos municipios ya lo hacen, y la verdad es que la tasa de adopción es mucho mayor porque no obligas al usuario a descargar 217 MB de nada.
La apuesta por una app propia suele responder más a una necesidad de control de datos y de «marca política» que a una ventaja técnica real para el ciudadano. Es mucho más difícil mantener una app en iOS y Android, con todas sus actualizaciones de sistema, que mantener un bot bien estructurado en una plataforma de mensajería existente.
El reto de la IA conversacional en el ámbito público
Implementar una IA que hable con los ciudadanos no es como poner un ChatGPT en tu web de recetas. Aquí hay implicaciones legales y éticas de calado. Si la IA de la ciudad te da una información errónea sobre un plazo de un impuesto y tú te lo crees, ¿de quién es la responsabilidad? ¿Del desarrollador? ¿Del gobierno? ¿De OpenAI si están usando su modelo?
Este es el motivo por el cual muchas de estas apps son tan limitadas. Los desarrolladores les ponen tantas «barreras de seguridad» (guardrails) para evitar que la IA diga tonterías o se invente leyes, que al final la IA se vuelve un asistente inútil que solo sabe decir «No entiendo tu pregunta, por favor contacta con el 010».
Para que BAX o cualquier app similar triunfe, necesita:
- Integración real: Que pueda ejecutar acciones, no solo dar información. «Paga mi última multa» debería ser un comando ejecutable.
- Contexto local: Que entienda la jerga de la ciudad, los nombres de los barrios y los problemas cotidianos.
- Transparencia: Que el ciudadano sepa qué se hace con sus datos de conversación.
- Ligereza: No puedes pedirle a alguien con un móvil antiguo que instale una app que ocupa lo mismo que un juego de última generación.
¿Hacia dónde vamos?
Al final del día, la tecnología por la tecnología no sirve de nada. BAX es un ejemplo de una tendencia global: la «IA-ficación» de todo lo que tocamos. Pero la inteligencia artificial en la administración pública no debería ser un fin, sino una herramienta para que el estado sea menos invisible y más eficiente.
La conclusión que saco de todo esto es que todavía estamos en una fase muy experimental. Estamos viendo los «dolores de crecimiento» de la administración digital. Es normal que las primeras versiones sean un desastre, que tengan una estrella en la App Store y que la gente se queje. Lo que no sería normal es que los responsables no escucharan esas quejas. Si Juanhelo23 dice que la app es pésima, alguien en el equipo de desarrollo debería estar analizando por qué el flujo de usuario falló en su caso concreto.
Vaya, que integrar IA en una ciudad es mucho más que poner un chat. Es repensar cómo el ciudadano se relaciona con el poder. Y eso, amigos, no se arregla solo con un nuevo logo o permitiendo adjuntar fotos. Se arregla con código sólido, servidores que no se caigan y, sobre todo, con mucha empatía hacia el usuario que está al otro lado de la pantalla, probablemente desesperado por resolver un trámite antes de que cierre la oficina virtual.
Seguiremos de cerca cómo evoluciona BAX y si consiguen remontar ese 1.0 de valoración. De momento, me quedo con la sensación de que nos queda mucho camino por recorrer para que la IA sea realmente la «asistente» que nos prometieron y no un obstáculo más en la ya de por sí farragosa carrera de obstáculos que es la burocracia.
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