A veces uno piensa que en esto del arte ya está todo inventado, sobre todo cuando nos bombardean a diario con imágenes generadas por algoritmos que parecen saberlo todo. Pero la verdad es que, cuando te plantas en mitad de un campo en Segovia, con el sol apretando y el olor a tierra seca metiéndose por la nariz, la cosa cambia. No hay procesador que iguale la mirada de un tipo que decide ver el mundo desde un ángulo que nadie más ha buscado. Eso es precisamente lo que ha pasado en la decimoséptima edición del certamen de pintura «Arte en la Naturaleza» de Espirdo, donde Miguel González Segovia ha vuelto a demostrar que para innovar no hace falta fibra óptica, sino un buen par de ojos y mucha técnica.
La noticia saltó hace poco: Miguel González Segovia se ha llevado el primer premio de este concurso que ya es un clásico del verano castellano. Y lo ha hecho con una propuesta que, para que nos entendamos, nos obliga a levitar un poco. Su obra mira el entorno de Espirdo desde arriba, rompiendo la línea del horizonte a la que estamos acostumbrados cuando paseamos por estas tierras. Es curioso, porque solemos mirar el paisaje de frente, como si fuera una pantalla de cine, pero Miguel ha decidido que el suelo es un mapa y que la belleza se entiende mejor cuando te alejas de la superficie.
Llegar a la edición número diecisiete no es moco de pavo. En un país donde a veces las iniciativas culturales duran lo que un caramelo a la puerta de un colegio, que la Diputación y el ayuntamiento local sigan apostando por sacar los caballetes al campo es algo que merece un aplauso. Este certamen no es el típico concurso de pintura rápida donde la gente se pone a retratar la iglesia del pueblo o la fuente de la plaza. Aquí la norma es otra: el diálogo con el entorno natural.
Vaya, que la idea es que el artista se pegue con los elementos. Pintar al aire libre tiene su aquel. Tienes el viento que te mueve el lienzo, la luz que cambia cada diez minutos y, si te descuidas, algún bicho que decide que tu paleta de colores es un buen sitio para aterrizar. Pero es precisamente esa «imperfección» del directo lo que le da alma a las obras que salen de Espirdo. No es arte de estudio, aséptico y controlado; es arte que suda, que se mancha de polvo y que respira el mismo aire que los pinos y las encinas de la zona.
La verdad es que este año el nivel estaba alto. No lo digo por decir, es que cuando ves la lista de participantes y las obras que se quedan fuera de los premios, te das cuenta de que hay mucha hambre de crear. Pero lo de Miguel González Segovia ha sido otra liga. Su capacidad para sintetizar el paisaje segoviano desde una perspectiva cenital o casi aérea le ha valido el reconocimiento unánime. Es como si hubiera usado un dron, pero con pinceles. Y ojo, que hacer eso sin perder la esencia de lo que estás viendo tiene un mérito increíble.
La mirada desde arriba: ¿Por qué nos fascina la perspectiva aérea?
Si mal no recuerdo, la perspectiva aérea ha sido siempre uno de los grandes retos de la pintura. Desde los mapas antiguos hasta los paisajes de la pintura flamenca, el ser humano siempre ha querido ver el mundo como lo ven los pájaros. En el caso de la obra ganadora de Miguel, no se trata solo de un ejercicio de geometría. Hay algo emocional en ver la tierra dividida en parcelas, en esos ocres y amarillos que definen nuestra meseta, vistos desde una altura imaginaria.
Para que nos entendamos, cuando miras un cuadro así, dejas de ver «un árbol» o «una piedra» para empezar a ver patrones. La naturaleza se convierte en una composición abstracta pero llena de significado. Miguel ha sabido captar esa estructura ósea del paisaje de Espirdo. Al final del día, lo que ha premiado el jurado no es solo que el cuadro esté «bien pintado» (que lo está, y mucho), sino que ofrece una lectura nueva de un paisaje que los lugareños ven todos los días pero que quizás nunca habían imaginado así.
Además, hay un componente técnico que no podemos pasar por alto. Pintar desde arriba requiere un control de las proporciones que te puede volver loco. Si te pasas un poco con una sombra o fallas en la inclinación de una línea, el efecto de altura se va al traste y el cuadro se queda plano. Miguel maneja esto con una soltura que asusta. Se nota que hay muchas horas de observación detrás, de esas de quedarse mirando el campo hasta que los ojos te escuecen.
El desafío de la luz en la meseta
Cualquiera que haya intentado hacer una foto bonita en pleno agosto en el centro de España sabe de lo que hablo. La luz es dura, blanca, casi violenta a mediodía. No hay matices, solo contrastes brutales. Para un pintor, esto es una pesadilla y un regalo a la vez. En el certamen de Espirdo, los artistas tienen que lidiar con esa evolución lumínica.
- La mañana: Sombras largas, tonos frescos, una calma que te permite trabajar los detalles.
- El mediodía: El sol cae a plomo. Los colores se lavan y las sombras desaparecen. Es el momento de la verdad, donde se ve quién sabe estructurar un cuadro sin apoyarse en los trucos de la luz suave.
- La tarde: Vuelven los contrastes, pero con una carga de naranja y violeta que puede caer fácilmente en lo cursi si no se tiene cuidado.
Miguel González Segovia parece haber domado esa luz. Su obra no se siente forzada. Hay una honestidad en el color que te hace sentir el calor de la jornada, pero también la frescura de la idea original. Es, en definitiva, un trozo de Segovia atrapado en un soporte, pero pasado por el filtro de una mente que busca el orden en el aparente caos del campo.
¿Qué significa «Arte en la Naturaleza» hoy en día?
A veces nos ponemos muy intensos hablando de conceptos artísticos, pero para la gente de a pie, este tipo de eventos son fundamentales. En una época donde todo es digital y efímero, ver a un grupo de personas manchándose las manos para crear algo físico es casi un acto de rebeldía. Espirdo se convierte, por unos días, en el epicentro de una forma de entender la cultura que no necesita de grandes museos ni de entradas carísimas.
El concepto de «Land Art» o arte en la naturaleza suele asociarse a grandes intervenciones en el paisaje (como aquellas de Christo envolviendo islas o Smithson creando espirales de rocas en lagos salados). Pero en este certamen, el enfoque es más íntimo. No se trata de modificar la naturaleza, sino de interpretarla. Los artistas se mimetizan con el entorno. Es una simbiosis. El campo presta su belleza y el artista pone el talento para que esa belleza perdure más allá de la puesta de sol.
Y es que, al final del día, lo que queda es el vínculo. La Diputación de Segovia, al apoyar estas iniciativas, está haciendo algo más que dar premios en metálico. Está creando un archivo visual de nuestra tierra. Cada cuadro ganador de estas diecisiete ediciones es una página de un libro que cuenta cómo vemos nuestro entorno. Y este año, gracias a Miguel, esa página se ha escrito desde las nubes.
El impacto en el mercado local y la cultura de proximidad
No quiero ponerme demasiado serio, pero es importante mencionar que este tipo de certámenes son el pulmón de muchos artistas profesionales en España. No todo es exponer en galerías de Madrid o Barcelona. El circuito de premios de pintura al aire libre es una red vital que permite a muchos creadores seguir viviendo de su oficio mientras recorren la geografía española.
Ojo con esto: no es un camino fácil. Hay que tener una resistencia física y mental considerable. Cargar con los bártulos, conducir kilómetros, enfrentarse a la página en blanco bajo presión cronometrada… es casi un deporte de riesgo. Por eso, cuando alguien como Miguel González Segovia gana, no solo gana por su cuadro de ese día, sino por toda la trayectoria y la «malla» que ha ido tejiendo con su estilo personal.
Además, para pueblos como Espirdo, esto es una inyección de vida. La gente se acerca, pregunta, curiosea. Los niños ven que ser pintor es un trabajo real, no algo que solo sale en los libros de texto. Se rompe esa barrera invisible que a veces separa al «pueblo» del «arte culto». Aquí todo está mezclado: el tractor que pasa de fondo, el olor a tomillo y el óleo secándose al sol.
Un pequeño análisis de la técnica (para los más cafeteros)
Si te gusta el mundillo del pincel, te habrás fijado en que la obra de Miguel no es un hiperrealismo de esos que parecen una foto y ya está. Hay una pincelada valiente. Para conseguir ese efecto de «vista desde arriba», el artista juega con la superposición de planos. La verdad es que es un ejercicio de abstracción brutal.
Para que nos entendamos:
- La mancha inicial: Se establecen las grandes masas de color. Los campos de cereal, las zonas de barbecho, las sombras de los árboles.
- La perspectiva: Aquí es donde entra la magia. Miguel utiliza líneas de fuga que no convergen en el horizonte (porque no lo hay, estamos mirando hacia abajo), sino que crean una sensación de profundidad mediante el tamaño de los elementos.
- El detalle selectivo: No se pinta cada brizna de hierba. Se pintan los acentos de luz que sugieren esa textura. Es una economía de medios que solo se consigue con mucha práctica.
La paleta de colores es muy nuestra. Hay una predominancia de los tierras, pero con unos toques de verdes grisáceos y azules que le dan aire a la composición. Es una pintura que respira. No te agobia, a pesar de que el encuadre sea cerrado sobre el suelo.
La importancia de las instituciones en el arte rural
Me van a perdonar la digresión, pero es que a veces se nos olvida que detrás de estos eventos hay un trabajo administrativo importante. La Diputación de Segovia, a través de sus áreas de Cultura, Juventud y Deportes, lleva años picando piedra. No es solo soltar el dinero del premio. Es la logística, la difusión, el jurado…
En un momento en el que hablamos tanto de la «España vaciada», estas actividades son las que llenan de contenido real ese concepto. No se trata de traer una exposición de fuera y ponerla en una sala con aire acondicionado. Se trata de invitar a los creadores a que miren el territorio, a que lo pisen y lo sientan. El certamen de Espirdo es un ejemplo de cómo la cultura puede ser un motor de cohesión territorial.
Vaya, que si no fuera por estos impulsos, muchos rincones de nuestra geografía quedarían relegados al olvido visual. Gracias a Miguel González Segovia y a todos los que participaron, Espirdo hoy tiene una nueva capa de identidad. Una capa hecha de pigmento y talento.
¿Qué viene ahora para Miguel?
Ganar la decimoséptima edición es un hito, pero conociendo el percal, seguro que Miguel ya está pensando en el próximo lienzo. Los artistas de su talla no se quedan quietos. Este premio es un espaldarazo a una forma de mirar, una confirmación de que su búsqueda de nuevas perspectivas tiene sentido y conecta con el público y la crítica.
Al final del día, lo que nos queda a los demás es el placer de contemplar el resultado. Si tienen la oportunidad de ver la obra ganadora, háganlo sin prisas. Intenten ponerse en la piel del pintor, imaginen que sus pies se despegan del suelo y que empiezan a flotar sobre los campos de Segovia. Esa sensación de libertad, de ver el mundo desde un ángulo nuevo, es el mejor regalo que nos puede hacer el arte.
La conclusión que saco de todo esto es que, a pesar de los pesares, el arte en España goza de una salud envidiable en sus raíces. Mientras haya gente dispuesta a plantar un caballete en mitad de la nada y ayuntamientos que les abran las puertas, seguiremos teniendo historias que contar. Y si son tan buenas como la de Miguel en Espirdo, pues mucho mejor.
Para que nos entendamos, lo que ha pasado en este certamen no es solo que alguien haya ganado un concurso. Es que nos han recordado que la naturaleza, si se mira con los ojos adecuados, siempre tiene algo nuevo que decirnos. Solo hace falta alguien con la paciencia y el talento suficiente para escucharla y traducirla a colores. Y Miguel, la verdad, es un traductor excepcional.
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